¿Existe una conexión entre el sueño y los trastornos de la piel? El acné, que afecta al veinte por ciento de la población mundial, es una de las afecciones cutáneas con mayor prevalencia. Los granos y puntos negros son el resultado de la obstrucción del folículo piloso y de la acción de bacterias como la Cutibacterium acnes. Sin embargo, estos síntomas pueden agravarse cuando se adoptan hábitos poco saludables —la privación del sueño, por ejemplo—, como reconocería cualquier dermatólogo especialista acne.
La mala calidad del sueño está relacionada con un empeoramiento de las inflamaciones de la piel. Este efecto es resultado del incremento de la hormona del estrés, el cortisol, que en exceso provoca sequedad, hipersensibilidad y otras complicaciones.
Unos niveles de cortisol superiores a lo normal se relacionan, asimismo, con una mayor actividad de las glándulas sebáceas. Dichas glándulas están detrás de la sustancial oleosa que, en combinación con las células muertas, taponan los poros del cutis.
Además, no dormir las horas suficientes afecta negativamente a la barrera cutánea, una defensa básica del organismo contra las agresiones externas. En otras palabras, la piel se vuelve más vulnerable a las bacterias y microorganismos.
El cuerpo humano está diseñado para eliminar toxinas y «limpiarse» durante los ciclos de sueño. Privarse de ese beneficio se traduce en una acumulación de las toxinas, que agravarán la sintomatología del acné. Por otra parte, un sueño de siete a nueve horas diarias repercute en el desarrollo de colágeno, una proteína fundamental para la salud de la piel, conservando su tersura, elasticidad y fortaleza.
Mientras el organismo descansa durante la noche, en la piel se activan mecanismos que reparan los tejidos de la piel. Esta regeneración nocturna pierde su eficacia cuando se producen desfases en los horarios, aparece el insomnio o no se duermen las horas necesarias.