Hay días en los que el simple hecho de ponerme los zapatos me parece una hazaña. Después de una semana larga, cuando llega el viernes por la tarde y el cuerpo solo pide sofá, manta y algo rico, la idea de salir a buscar cena se convierte en una negociación imposible. Por suerte, en Ferrol la oferta de comida a domicilio ha dado un salto de calidad que hace unos años era impensable. Cuando empecé a probar opciones de pedir comida a domicilio Ferrol me sorprendió lo mucho que ha cambiado el panorama: ya no se trata solo de pizza grasienta o kebab de dudosa procedencia; ahora llegan a casa platos que podrían estar perfectamente en la mesa de un buen restaurante.
Una de las cosas que más me gustan es la variedad real que hay. Puedo pedir una pizza artesanal con masa madre fermentada 48 horas, bordes crujientes y mozzarella de verdad que se estira en hilos largos, o decantarme por una ración generosa de pulpo á feira que llega caliente, con su pimentón dulce y un chorrito de aceite de oliva que huele a casa. También hay sitios que preparan empanadas de zamburiñas recién hechas, con masa fina y jugosa, o lacón con grelos que saben exactamente igual que el de la abuela, pero sin tener que fregar después. Lo que más valoro es que los cocineros entienden que cuando pides a domicilio no quieres renunciar a la calidad: usan ingredientes locales, cocinan al momento y empaquetan todo con un cuidado que mantiene la temperatura y la textura.
La rapidez es otro punto fuerte. En menos de 35 minutos suele estar sonando el timbre, y el repartidor llega con casco, sonrisa y la bolsa bien cerrada. He pedido en días de lluvia torrencial y todo ha llegado impecable, sin una gota fuera de sitio. Los nuevos servicios de reparto han mejorado mucho la logística: usan apps intuitivas donde ves en tiempo real dónde está tu pedido, puedes dejar instrucciones precisas (“dejar en el buzón grande, por favor”) y pagar sin contacto. Eso, unido a la posibilidad de programar el pedido para dentro de una hora, hace que sea perfecto para esos momentos en los que tienes hambre pero no sabes exactamente cuándo vas a tener energía para comer.
También he descubierto joyas que no conocía. Hay un sitio que hace carrilleras estofadas en vino tinto con puré de patata cremoso, otro que prepara caldeirada de rape con patatas y pimientos que sabe a mar, y hasta opciones veganas muy bien resueltas, como unas croquetas de setas que nadie adivinaría que no llevan jamón. Lo curioso es que, al pedir a domicilio con tanta frecuencia, he empezado a conocer mejor la gastronomía de la zona sin moverme del salón. Cada pedido es una pequeña aventura gastronómica que termina con los platos en el lavavajillas y yo satisfecho, sin haber tenido que peinarme ni ponerme abrigo.
Ahora, cuando el hambre aprieta y fuera está diluviando, simplemente abro la app, elijo lo que me apetece y espero. Y cuando llega la comida caliente, oliendo a hogar y a esfuerzo ajeno, siento que he ganado el día sin apenas moverme del sofá.