Veinte minutos sobre la ría: mi travesía diaria en el barco de Cangas a Vigo

Podría cruzar en coche, tragarme los atascos habituales del puente de Rande a primera hora y empezar la jornada con la tensión agarrada a las manos sobre el volante. Sin embargo, hace mucho tiempo que decidí que la ría no se bordea cuando se puede navegar. Para mí, la ruta cangas Vigo a bordo del barco de línea regular no es un simple desplazamiento de transporte público; es una tregua obligada, una cámara de descompresión de veinte minutos que convierte la rutina laboral en un viaje con sabor a salitre.

El ritual arranca temprano en la estación marítima de Cangas. Hay un compás casi coreográfico en el goteo constante de pasajeros que bajan por la pasarela flotante: trabajadores con maletines, estudiantes repasando apuntes sobre la marcha y vecinos que cruzan a la ciudad para hacer gestiones médicas o comerciales. El saludo seco y cómplice con la tripulación, el sonido metálico del billete o la tarjeta de transporte en el torno y el chasquido sordo de las amarras soltándose son los primeros compases de la mañana.

Aunque el día amanezca fresco o con esa llovizna fina tan nuestra, casi siempre prefiero subir a la cubierta superior. Quedarse abajo, en la cabina resguardada, tiene la calidez del murmullo compartido y el aroma a café de termo, pero arriba el aire despierta cualquier letargo de golpe. Cuando los motores aumentan de revoluciones y el barco vira hacia el canal principal, Cangas y las laderas verdes de O Morrazo empiezan a empequeñecerse en la estela blanca de espuma que dejamos a popa.

Navegar por el corazón de la ría ofrece una perspectiva privilegiada que ningún puente puede igualar. En los días claros, al mirar hacia el oeste se dibuja imponente la silueta de las islas Cíes cortando el horizonte atlántico; hacia el interior, la estructura del puente de Rande parece un hilo tendido entre montes brumosos. Cruzamos sorteando las bateas ordenadas en cuadrícula, donde ya faenan algunas pequeñas embarcaciones bateeras, mientras las gaviotas planean a la misma velocidad del catamarán buscando un hueco en las corrientes térmicas.

A mitad de travesía, el perfil de Vigo se despliega ante los ojos con toda su verticalidad. La urbe obrera y atlántica trepa por las faldas de O Castro, salpicada por las grúas de los astilleros, los muelles de descarga y las fachadas de piedra del Casco Vello que despiertan bajo la luz matinal. Ver cómo la ciudad se acerca desde el agua te permite llegar a ella sin la agresividad del tráfico, entrando por su puerta más auténtica: el mar.

Cuando el patrón reduce marcha con suavidad y el barco maniobra con precisión milimétrica para atracar en los pantalanes de As Avenidas, una sensación de serenidad se ha instalado en el cuerpo. Bajar por la rampa hacia Montero Ríos con la brisa marina pegada a la piel es el mejor antídoto contra el estrés urbano. Cruzar de Cangas a Vigo en barco es el recordatorio diario de que vivir frente a esta ría es un privilegio que merece ser navegado.