Mi abuelo es de esa generación de gallegos hecha de roble. Con sus ochenta y tantos años, vive solo en su casa de siempre, cerca de Castrelos, y se aferra a su independencia con un orgullo que admiro profundamente. Cada mañana, si no llueve mucho, sale a dar su paseo, compra el pan, el periódico y charla con los de siempre. Pero últimamente, sobre todo después de un par de sustos sin importancia, no puedo evitar sentir una punzada de preocupación cada vez que pienso en él.
Este lunes, mientras comía en su casa y le escuchaba contar sus batallas, me fijé en cómo le tiemblan un poco las manos o cómo a veces busca un apoyo al levantarse. Él nunca se quejará, nunca admitirá que los años empiezan a pesar de verdad. Y es precisamente por ese orgullo suyo que llevo semanas dándole vueltas a la misma idea, una idea que creo que por fin voy a materializar: regalarle uno de los relojes durcal.
No quiero regalarle un teléfono móvil complicado que acabe en un cajón, ni un sistema de alarma que le haga sentir vulnerable en su propia casa. He estado investigando y este reloj es diferente. A simple vista, es solo eso, un reloj digital, discreto, algo que puede llevar sin sentirse señalado. Pero para mí, y espero que pronto para él, será mucho más.
Pienso en la tranquilidad que me daría saber que, si sufre una caída, el propio reloj avisará automáticamente a una centralita y a nosotros. Pienso en ese botón SOS que puede pulsar si se siente mal o necesita ayuda urgente, esté donde esté, ya sea en su huerta o en mitad del parque. La función de localización GPS no es para controlarle, ni mucho menos; es para poder encontrarle rápido si un día se desorienta en su paseo y no sabe volver.
No se trata de restarle independencia, sino todo lo contrario. Se trata de dársela con seguridad. Es ofrecerle un ancla, un compañero silencioso en su muñeca que vela por él cuando nosotros no podemos estar a su lado. Es un regalo para él, por supuesto, pero también es un regalo para toda la familia: la inestimable tranquilidad de saber que, pase lo que pase, mi abuelo nunca estará realmente solo. Y esa tranquilidad, para mí, no tiene precio.